Pedro Macías ‘el Relojero’, 60 años de trabajo como guardián del tiempo de Vegueta

A la puerta del negocio de Pedro Macías se asoman las narices de todos los curiosos que se dejan enamorar por un local suspendido en el tiempo. De puertas para adentro la magia cuelga de cuerdas y de minuteros, en relojes de más de 200 años. ‘¿Cómo va mi reloj don Pedro? ¿Lo pudo arreglar?’, pregunta un cliente desde la puerta del establecimiento de la calle Herrería, confiado. ‘Sí, claro, tiene mal la caja pero tiene arreglo seguro”, responde el relojero desde su pequeña mesa de la trastienda.

“Hay relojes que son más difíciles que otros, pero a mi no se me resiste ninguno”, bromea Pedro. Le quita importancia a su talento, mientras en la mesa que heredó de su maestro abre cajones llenos de piezas diminutas que maneja con destreza, “son los años de experiencia”.

Algunos tienen 60, otros 700 y hasta 1.250 piezas, del tamaño de pequeños granos de arroz y todas ellas las conoce a la perfección. “No es difícil”, afirma convencido, mientras se coloca sus lupas que son como su segunda piel, y pinzas con las que alcanza a encontrar el problema de cualquier mecanismo. “Es cuestión de tener interés, como todo”, recapacita y sonríe, “también un poco de paciencia”.

Es uno de los últimos, su oficio está casi en extinción

Poco a poco y despacito todos los relojes vuelven a su hora, porque “el trabajo bien hecho y sin prisa” le ha dado cientos de clientes fieles. Por sus manos han pasado los relojes más emblemáticos de la isla y es que Pedro Macías es uno de los últimos relojeros en activo en un oficio en peligro de extinción.

 

 

 

Pedro empezó con apenas 8 años, cuando su padre le pidió a un pariente relojero que le enseñase el trabajo, y en los talleres de José empezaron sus seis décadas de dedicación. La pasión por estas joyas del tiempo había empezado años antes. De niño, recuerda, su madre guardaba un reloj antiguo en un armario que le fascinó desde siempre y al que solía acudir cuando estaba solo como si se tratase de un tesoro. Algo que estudiar, investigar, escuchar y con el que entretenerse por largos ratos.

Con apenas 8 años, con un pariente, comenzó en su oficio

También trabajó más de 15 años con una marca de relojes japonesa y todavía recuerda cuando fue a Madrid a hacer las pruebas. Le mandaron a desmontar y montar un reloj. Lo hizo tan rápido que tuvo que repetir el proceso para que los examinadores creyesen su eficacia. Fue cuando cerró la compañía que regresó a casa, primero a la calle Doctor Chil, y luego en el número seis de la calle Herrería donde lleva cerca de una década.

A las 7.30 horas, y puntual (no puede ser de otra manera) Pedro abre las puertas de su relojería, que es tienda y es taller, pero con alma de museo. Cumple a rajatabla sus horarios, de mañana y tarde, y es que le debe la confianza a sus clientes que dejan sus relojes a sabiendas de que están en buenas manos.

En sus paredes hacen tic tac cientos de ellos, antiguos, nuevos, de pared y de pulsera, que dan la hora y mucho más, las fases de la luna, el calendario… ¿Su favorito? “Ahí sí que me pillaste”, dice entre risas.

 

 

Por sus manos han pasado relojes todo tipo en toda una vida dedicada a ellos, que una vez arreglados guarda cuidadosamente en pequeñas bolsas de papel si son de pulsera, o los cuelga en las paredes para que marquen las horas hasta que regrese su dueño satisfecho. En este rincón de Vegueta el tiempo parece dar una tregua, entre el tintineo de las agujas y las sinfonías de los relojes de más de dos metros que custodian la entrada.

El ding dong avisa de la llegada de un cliente, que hace levantar a Pedro la cabeza de su pequeño escritorio tras el mostrador. Entre cliente y cliente, avanza en la faena, con su monóculo ajustado en su ojo izquierdo y esa delicadeza que le caracteriza en su trato diario con sus relojes. Desde una avería hasta una pila, comprar o vender relojes, su tienda es un ir y venir de gente y entre saludo y saludo se ameniza la mañana. Lo único que lamenta es que no haya quien herede el oficio.

No pierde la esperanza de que aparezca un pupilo

A pesar de la estrechez del espacio, ‘El Relojero’ no pierde la esperanza en que aparezca su pupilo o pupila y guarda un rincón para quien quiera aprender este oficio centenario.

Alrededor de esa mesa aún vacía, fotos en blanco y negro y en color hablan de toda una vida dedicada a los relojes. Sus hijas, su maestro, imágenes de sus inicios y de su trabajo, retratado por decenas de personas que han quedado hipnotizados por este rincón anecdótico del barrio antiguo. Con la yema de sus dedos va pasando de una a otra, explicando entre anécdotas una vida que late al ritmo del tic tac.

 

 

 

Por el momento, es el representante de la relojería isleña, y es que como él ya quedan pocos. Sus clientes tampoco deben preocuparse “¿Yo jubilarme para qué?” se pregunta. “La actividad es lo que te da energía y te mantiene vivo”, asegura, aunque su vivacidad casi parece un pacto con el dios Cronos.

La experiencia es su mayor virtud, pero la amabilidad y la honestidad son sus señas de identidad. “¿Tiene usted un cucú para venderme?”, le pregunta una señora, que lleva varios minutos enamorándose de uno de ellos que cuelga de la pared. “Ese es un encargo que me dejaron para arreglar, pero pásese estos días que me vienen más y se lleva el que le guste”. Se despide con una sonrisa, “hoy ha venido mucha gente”, celebra.

 

 

*La relojería Miriam está ubicada en la calle Herrería número 6, a dos pasos de la Casa de Colón.
En Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria.

 

Texto: Laura Bautista / Fotografía y vídeo: Arcadio Suárez

 

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