‘Dulcería San Mateo’, desde 1968 manteniendo la tradición más dulce

‘San Mateo es un pueblo muy dulce, es un lugar de olores’, confiesa Carmen López, pastelera. Quizás ese sea el secreto de la ‘Dulcería de San Mateo’, que está llena de un delicioso olor que casi puede saborearse desde la esquina de la pintoresca calle Principal, empedrada y escorada hacia la iglesia. Este rincón es un imán de golosos, que se arremolinan en una ordenada y educada fila a las puertas de la dulcería. Clientes fieles y visitantes que conocen este rincón en el casco del pueblo y no se resisten a probar sus recetas. “Algunos vienen todos los días”.

 
Carmen y su familia son originarios de Tejeda, y en su caso no fue exactamente el olor lo que les llevó a San Mateo, un pueblo que enamoró a su madre desde el primer minuto.

“Es una historia un poco larga, pero muy bonita, ¿te la cuento?”, pregunta una sonriente Carmen, que es casi tan dulce como los productos de esta pequeña tienda en el casco. “Por calendario ya hace rato que debería haberme jubilado, pero aún no me llegó la jubilación mental”, confiesa. Y de su pastelería no se mueve, siguiendo la tradición que inició su madre, “una mujer valiente, adelantada a su tiempo, que luchó por darle un futuro a su familia en contra de todo”. Esa fue también la suerte de los golosos que día a día se acercan a por su trocito de turrón.
 

Mi madre, y antes mi abuela, también fueron pasteleras

 
 

 

 

 

 
 

La madre de Carmen, como antes su abuela, “fue pastelera desde siempre». Pues esa pequeña niña no tuvo reparo en preparar su pequeña bandejita de dulces y en caminar durante horas de Tejeda a Tirajana, para reunir algo de dinero para la penicilina que necesitaba su hermano. “No vendió ni uno, imagínate”, narra Carmen. Pero no se rindió “y al día siguiente se fue a las fiestas de San Mateo, en el coche de hora”, con el mismo objetivo.

No llegó ni a la iglesia, los vendió todos en minutos en la misma parada. “Ese día se enamoró de San Mateo. Para ella para siempre, decía” y decidió que “su vida estaría aquí, donde nos recibieron con los brazos abiertos” y junto a ella a toda la familia. Desde que la dulcería abrió sus puertas “tuvo mucha aceptación, pero trabajando duro”.

 
 

 

 
 

Carmen López inicia a las 5.30 de la mañana, de manera religiosa, la elaboración de las recetas tradicionales de su madre, María Jesús Navarro. Para venderlas junto a su hermano Antonio Jesús López, su hija María Campos y su sobrino Yair, “la última adquisición”, y cerca de una decena de “ayudantes”, como ella los llama. “Casi todos del pueblo”. Carmen empezó con su madre desde niña, “así que se puede decir que llevo aquí hace ya casi 55 años, una vida y más”, cuenta.

 
 

 

 

 
 

En su familia “somos todos muy golosos, de siempre”, y aunque la especialidad son los dulces de almendras cada uno tiene su favorito. “A mi me encanta una crema”, asegura.

En esa esquina donde termina la Placetilla de la Caldereta los vecinos llenan las mesas y la gente espera paciente su turno. La espera vale la pena, “es tradición”, aseguran. En la puerta un cartel versa “Entra pa’ dentro mi niña”, pero para cuando llega la invitación el olor ya les ha conquistado.

“Vendemos a vecinos, claro, pero también a turistas que se los llevan a sus países”, y es que los productos de la Dulcería San Mateo están por todo el mundo. “Hay personas de otras islas que vienen aquí nada más que a comprar dulces”, en estas fechas sobre todo los turrones de siempre y los nuevos, de pistacho, fresa, mazapán, avellana y praliné, “de los que ya no queda ninguno”, bromea. “Tenemos turrones todo el año”, afirma, algo a lo que los nostálgicos de la Navidad no tienen que renunciar, no en este rinconcito del pueblo. “Vienen y se llevan su cachito de turrón”, exclama.

 
 

 
 

Todo es artesano, natural, ni colorantes ni aditivos, “un trabajo muy duro”, asegura Carmen. “Los huevos son de gente de aquí que tiene gallinas, nos los traen fresquitos, y las almendras intentamos que sean también de aquí”, aunque este lugar tan popular necesita algo de refuerzo en las fechas señaladas, de La Palma y de Alicante, las castañas asadas de Ariñe, las almendras de Las Lagunetas, por ejemplo.

Bollos, truchas, tejas, bicácaros, mazapán, bienmesabe, turrones navideños de elaboración propia, crema de almendra, praliné, castaña, trufa, pan de apóstol, escaldón de almendras, pastel de carne, polvorones, almendras rellenas, hojaldres y panes, milhojas, bizcochos de duquesa, una decena de tartas, pastelería dietética, mermeladas artesanas… “se vende todo bien”, celebra.

 
 

 
 

El mostrador de la Dulcería San Mateo está lleno de delicias, que saben a tradición. “Tenemos mucho cliente joven” que acude en busca de “esa merienda que recuerda con los abuelos, de los dulces que se compraban en su casa, ese turrón de la Navidad de toda su vida”, y ese es parte del secreto, pero no el único.

Para Carmen, si hay algún secreto, ese es “el trabajo, el producto bueno y mucho amor, sobre todo”, también el mantener la receta de siempre, la cercanía, las manos pasteleras que lo hacen todo con mimo. Amasado con cariño y esfuerzo y durante casi 55 años, esta dulcería se han convertido en una parada obligatoria en San Mateo.

 
 

 
 

Son muchos años de negocio, y los que quedan. Porque Carmen se declara convencida de que la pastelería tiene mucha historia por delante. “Fuimos la primera pastelería de San Mateo”, y eso no se olvida. No sabe si sus sobrinos seguirán la tradición, porque aunque ya lo han aprendido todo “es un negocio muy sacrificado”, confiesa. Pero si no pudo con ellos una pandemia tampoco podrá el paso del tiempo.

No es solo que no le haya llegado la edad mental para retirarse, Carmen ama su trabajo, “a mi me encanta estar con la gente, es muy agradecido”, y para ella “no hay mayor reconocimiento que vender mi trabajo y vivir de lo que me gusta, ojalá todos tuviesen esa misma suerte”.

No hay mayor reconocimiento que vivir de lo que me gusta
 

 

 
 
*Visite Dulcería San Mateo en la Calle Principal nº 37. San Mateo
 
*Descubra San Mateo, ‘La Otra Gran Canaria’

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Texto: Laura Bautista /
Fotografía: Arcadio Suárez