Sandra Armas, bodeguera, gerente de Bodegas Bentayga y presidenta de la Ruta del Vino de Gran Canaria , y Chaxiraxi Triana, sumiller y propietaria de las tiendas especializadas Canary Wine, analizan cómo el sector ha pasado de ser un tesoro oculto a convertirse en el eje vertebrador de una oferta turística experiencial, sostenible y vinculada al territorio.
El sector vitivinícola de Gran Canaria vive un momento de madurez y consolidación. Con 34 bodegas operativas en la última campaña, una Denominación de Origen cada vez más reconocida y una Ruta del Vino certificada a nivel nacional, el vino ha dejado de ser un producto de consumo local para convertirse en un activo cultural, económico y turístico, capaz de atraer a un visitante de mayor gasto en destino.
Según explica Sandra Armas, históricamente el consumo de vino de la isla estaba reservado principalmente a los productores y su entorno cercano y no contaba con un reconocimiento acorde a su singularidad. Sin embargo, la percepción ha dado un giro de 180 grados. «El consumidor local se preocupa ahora por conocer los vinos de aquí”, señala, en referencia a un cambio de percepción que ha sido clave para el desarrollo del sector.
Este proceso de revalorización interna ha servido de base para proyectar el vino de Gran Canaria hacia el exterior y ha despertado una creciente curiosidad entre quienes visitan la isla. «El turista se preocupa por saber si en Gran Canaria se hace vino y quiere encontrarlo», apunta Chaxiraxi Triana. Desde su posición de embajadora de vinos canarios en el Mercado de Vegueta, asume con rigor el papel de prescriptora sobre variedades autóctonas y los métodos de elaboración que hacen de Gran Canaria un territorio vinícola diferente a cualquier otro lugar del mundo.
Paisaje volcánico y territorio
La singularidad del vino de Gran Canaria se explica, en gran medida, por el carácter mineral de sus suelos volcánicos y por una orografía que genera una diversidad de microclimas. En este «continente en miniatura», una misma variedad de uva se comporta de manera distinta según el barranco, la altitud o la orientación donde se cultive. Una complejidad que ha impulsado prácticas de cultivo y elaboración cada vez más precisas, orientadas a expresar el carácter del territorio.
Este enfoque se refleja en proyectos como Bodegas Bentayga, que elabora sus vinos Agala en viñedos situados a más de 1.300 metros de altitud, convirtiendo la cota y el paisaje de la Cumbre de Gran Canaria en una seña de identidad reconocible. Una forma de entender el vino como expresión directa del territorio, pero también como valor añadido dentro de una oferta enoturística singular.
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Además, este modelo de viticultura cumple una función ambiental clave. El mantenimiento de viñedos en zonas de medianías y cumbre contribuye a frenar la erosión, a conservar el paisaje agrícola tradicional y a mantener vivo un entorno que forma parte del patrimonio natural de la isla.
«Tenemos que poner en valor ese paisaje volcánico al que estamos acostumbrados, pero que para quien nos visita es algo extraordinario», reflexiona Sandra, quien ha abierto las puertas de su bodega al visitante, al igual que otra decena de bodegas que forman parte de la Ruta del Vino de Gran Canaria, una red que agrupa más de 60 establecimientos entre bodegas, restauración y servicios turísticos.
Esta Ruta del Vino ha permitido estructurar una oferta enoturística capaz de diversificar la experiencia del visitante y de conectar la costa con el interior de la isla, poniendo en valor territorios agrícolas y paisajes como los de Tejeda, San Mateo, Santa Brígida, Agüimes o el interior de San Bartolomé de Tirajana.
El trato directo suma valor a la experiencia.
La colaboración entre agricultores, bodegueros y el sector servicios ha dado lugar a un ecosistema en el que el vino actúa como hilo conductor de un relato con raíces históricas, profundamente ligado a la tierra y hoy reforzado por la profesionalización del sector.
En este proceso, la gastronomía y la restauración han desempeñado un papel determinante. En los últimos años, una nueva corriente centrada en el producto local y Km 0 ha ayudado a enriquecer la experiencia enoturística y a conectar al viajero con el territorio. “Al maridar el vino con la restauración, la experiencia se enriquece y se pone en valor todo el trabajo que hay detrás”, señala Sandra.


Más allá del producto y del paisaje, otro de nuestros principales valores diferenciales es la cercanía. En muchas bodegas de la isla, la experiencia comienza desde el primer momento, cuando es el propio productor quien recibe al visitante y comparte su historia y su manera de entender el territorio.
Para Chaxiraxi, el contacto directo con el consumidor es clave. “Es muy importante mantener ese contacto para saber qué podemos mejorar y de qué sentirnos orgullosos”, explica. Una retroalimentación que refuerza la apuesta por la calidad y la innovación en un sector profundamente arraigado en la tradición.
“Ese trato cercano y esa manera de contar lo que hacemos forman parte esencial de la experiencia”, concluye Chaxiraxi Triana. “Ahí es donde Gran Canaria marca la diferencia y donde existe una oportunidad real para que nos conozcan mejor”.
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